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Publicado el 30 de Diciembre de 2010 en Informes
Noticia de todas las diócesis.

 

En el amplio y denso mensaje pontificio para la Paz, hay 3 puntos, al menos, que merecen ser resaltados y meditados: la cruel realidad mundial, la valía de la libertad religiosa y la vía del diálogo.

I.- La cruel realidad de la violación de la libertad religiosa.

Si observamos la génesis de los derechos fundamentales, la libertad religiosa es de los primeros en aparecer. La aprobación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948) supuso un avance en el reconocimiento de este derecho al ponerlo al mismo nivel que el derecho a la vida y la libertad personal. Sin embargo, 62 años después de aquella proclamación tan solemne, la realidad es hoy que sigue sin ser respetada. Es una dolorosa constatación del Pontífice actual, comenzando por Irak:

“Pienso de modo particular en la querida tierra de Irak, que en su camino hacia la deseada estabilidad y reconciliación sigue siendo escenario de violencias y atentados. Vienen a la memoria los recientes sufrimientos de la comunidad cristiana, y de modo especial el vil ataque contra la catedral sirio-católica Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, de Bagdad, en la que el 31 de octubre pasado fueron asesinados dos sacerdotes y más de cincuenta fieles, mientras estaban reunidos para la celebración de la Santa Misa. En los días siguientes se han sucedido otros ataques, también a casas privadas, provocando miedo en la comunidad cristiana y el deseo en muchos de sus miembros de emigrar para encontrar mejores condiciones de vida. Deseo manifestarles mi cercanía, así como la de toda la Iglesia” (n.1).

Existen otras múltiples formas de lesión de la libertad religiosa. En efecto:

 

“A pesar de las enseñanzas de la historia y el esfuerzo de los Estados, las Organizaciones internacionales a nivel mundial y local, de las Organizaciones no gubernamentales y de todos los hombres y mujeres de buena voluntad, que cada día se esfuerzan por tutelar los derechos y libertades fundamentales, se siguen constatando en el mundo persecuciones, discriminaciones, actos de violencia y de intolerancia por motivos religiosos. Particularmente en Asia y África, las víctimas son principalmente miembros de las minorías religiosas, a los que se les impide profesar libremente o cambiar la propia religión a través de la intimidación y la violación de los derechos, de las libertades fundamentales y de los bienes esenciales, llegando incluso a la privación de la libertad personal o de la misma vida (n.13)

Incluso se dan formas más sofisticadas de hostilidad contra la religión:

“que en los Países occidentales se expresan a veces renegando de la historia y de los símbolos religiosos, en los que se reflejan la identidad y la cultura de la mayoría de los ciudadanos. Son formas que fomentan a menudo el odio y el prejuicio, y no coinciden con una visión serena y equilibrada del pluralismo y la laicidad de las instituciones”

Esto es especialmente grave en Europa, cuna de la denominada civilización occidental:

“Expreso también mi deseo de que en Occidente, especialmente en Europa, cesen la hostilidad y los prejuicios contra los cristianos, por el simple hecho de que intentan orientar su vida en coherencia con los valores y principios contenidos en el Evangelio.”

II.- La valía de la libertad religiosa en sí misma.

Mientras el materialismo imperante nos hace considerar a la religión como un elemento extemporáneo, el relativismo cultural —que invade todos los ambientes— sostiene que las creencias religiosas se fundan en opiniones vanas, sin ningún trasfondo real y objetivo. En contraste, la libertad religiosa afirma que en todas ellas hay una pequeña semilla de verdad que, en el diálogo entre ellas, debe aflorar. Por ello precisamente, el Estado es quien debe garantizar el libre ejercicio de este derecho, que se basa en al menos en cuatro valores:

1º. El derecho a la libertad religiosa se funda en la misma dignidad de la persona humana (n.2).

2º. La libertad religiosa está en el origen de la libertad moral (n.3)

3º. La libertad religiosa significa también, en este sentido, una conquista de progreso político y jurídico (n.5).

4º. La libertad religiosa no es patrimonio exclusivo de los creyentes, sino de toda la familia de los pueblos de la tierra (n.5).

5º. La libertad religiosa, como toda libertad, aunque proviene de la esfera personal, se realiza en la relación con los demás. Una libertad sin relación no es una libertad completa. (n.6)

A pesar de la manifiesta valía de la libertad religiosa, se producen en la actualidad tres atentados contra ella, en forma de extremismo:


A.- “La instrumentalización de la libertad religiosa para enmascarar intereses ocultos, como por ejemplo la subversión del orden constituido, la acumulación de recursos o la retención del poder por parte de un grupo, puede provocar daños enormes a la sociedad” (n.7)


B.- “No se ha de olvidar que el fundamentalismo religioso y el laicismo son formas especulares y extremas de rechazo del legítimo pluralismo y del principio de laicidad” (n.8).

III.-El Diálogo institucional e interreligioso como vías de paz y armónica convivencia.

 Dialogo institucional:

“La dimensión pública de la religión ha de ser siempre reconocida, respetando la laicidad positiva de las instituciones estatales. Para dicho fin, es fundamental un sano diálogo entre las instituciones civiles y las religiosas para el desarrollo integral de la persona humana y la armonía de la sociedad” (n.9).

Diálogo interreligioso:

“El diálogo entre los seguidores de las diferentes religiones constituye para la Iglesia un instrumento importante para colaborar con todas las comunidades religiosas al bien común. La Iglesia no rechaza nada de lo que en las diversas religiones es verdadero y santo. «Considera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas que, aunque discrepen mucho de los que ella mantiene y propone, no pocas veces reflejan, sin embargo, un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres”.


“Con eso no se quiere señalar el camino del relativismo o del sincretismo religioso. La Iglesia, en efecto, «anuncia y tiene la obligación de anunciar sin cesar a Cristo, que es "camino, verdad y vida" (Jn14, 6), en quien los hombres encuentran la plenitud de la vida religiosa, en quien Dios reconcilió consigo todas las cosas». Sin embargo, esto no excluye el diálogo y la búsqueda común de la verdad en los diferentes ámbitos vitales, pues, como afirma a menudo santo Tomás, «toda verdad, independientemente de quien la diga, viene del Espíritu Santo (n.11).

Concluyendo con Benedicto XVI:

“La paz es un don de Dios y al mismo tiempo un proyecto que realizar, pero que nunca se cumplirá totalmente. Una sociedad reconciliada con Dios está más cerca de la paz, que no es la simple ausencia de la guerra, ni el mero fruto del predominio militar o económico, ni mucho menos de astucias engañosas o de hábiles manipulaciones. La paz, por el contrario, es el resultado de un proceso de purificación y elevación cultural, moral y espiritual de cada persona y cada pueblo, en el que la dignidad humana es respetada plenamente” (n.15)

 

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